Remembranzas navideñas

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“Todo tiempo pasado es mejor”. Una frase que muchos utilizan, especialmente nuestros abuelos, cuando recuerdan un momento o una época determinada. En navidad, solemos recordar personas con las que compartimos y lugares donde fuimos felices. Si hacemos un contraste con épocas pasadas y el ahora, nos podemos dar cuenta que el mundo evoluciona y las costumbres se van transformando. Pero, ahora nos preguntamos, ¿por qué los abuelos les encanta hablar del pasado?

Hasta antes de los años 90, las familias, aparte de ser tan numerosas, eran muy unidas. En épocas decembrinas, todos solían reunirse en una casa a pasar las fechas más felices de todo el año. La comida, el licor y la música jamás faltaban. Además, nadie podía irse para otro lugar que no fuera en la casa de los abuelos o padres.

Las fiestas eran muy extravagantes, los más de 10 hijos que tenía cada familia se reunían en la casa de sus padres; si estaban casados, debían llevar su pareja a pasar las festividades. Para aquellos encuentros el aguardiente, el ron, las empanadas, la natilla y el buñuelo no podían faltar. Sin embargo, una de las tradiciones más marcadas era “matar el marrano”. El mismo padre o el hijo más fuerte tomaba al marrano con fuerza para luego descuartizarlo. De allí, sacaban pernil, costilla, pezuña, etc; y, con ello, preparaban los mejores asados para las festividades.

Aparte de la comida, la música jamás podía faltar. En aquellos tiempos, la radio o los discos en la consola siempre estaban a todo volumen y las familias bailaban o se tomaban sus traguitos. Nunca podía faltar:

Adonay, por qué te casaste, Adonay.

Adonay, por qué no esperaste mi amor.

Adonay, por ti se forjó mi pasión

Por ti corre siempre veloz, la sangre de mi corazón.

El 24 de diciembre, era tradición esperar hasta media noche a esperar el Niño Dios. Para los más pequeños, era el día más largo de todo el año porque tenían que mantenerse despiertos esperando que los regalitos aparecieran en la cama o en el arbolito. “Uno a las diez de la noche ya era estresado, miraba cada cinco minutos la cama a ver si el niño Dios le dejaba a uno algo, pero nada, tocaba esperar. Nunca podía faltar el ‘mamá, ¿dónde están los juguetes? Mamá, el niño no los trajo’ y uno se tensionaba más”, manifiesta María Gutierrez, habitante del municipio de La Ceja.

Cuando ya era hora, llamaban a todos los niños de la casa para que fueran a ver sus camas; y claro, allí estaban los regalitos debajo de las cobijas, envueltos en papel regalo. Todos destapaban con rapidez el traído e, inmediatamente, se ponían a jugar, mientras la pólvora y la música retumbaba en cada casa de la cuadra.

Ahora bien, como es el último mes del año, todos se preparaban para recibir año nuevo con mucho amor. Algunos, jamás dejaban de lado los agüeros porque decían que eso era sagrado para tener un año próspero. Era normal escuchar en las calles (y de hecho aún): ¡Llévelo, llévelo! Promoción del calzón amarillo; lleve dos por siete mil para tener un año feliz.

Las tiendas se llenaban. A final de año, era lo que más se vendía. Pero, no era el único agüero que las comunidades antioqueñas tenían, pues las doce uvas, sacar las maletas y darle la vuelta al a manzana, el billete de mil en cada bolsillo y el sahumerio eran otras formas de darle la bienvenida al nuevo año.

Las campanas de la iglesia están sonando, anunciando que el año viejo se va. La alegría del año nuevo viene ya, los abrazos se confunden sin cesar… Faltan cinco pa’ las doce, el año viejo se va, me voy corriendo a mi casa a abrazar a mi mamá…

Todas las radios de las familias antioqueñas entonaban aquella canción cuando faltaban cinco minutos para la media noche, como si fuera un himno. “Yo solía llorar mucho en ese momento. De hecho, aún lo hago, aunque no es igual. En ese momento recuerdo mucho a mi esposa, a mis hijas, a mis nietos y pido mucho para que todos estemos otro año más juntos. Siempre he pedido eso”, argumenta Ramón Antonio Sepúlveda, habitante de Rionegro por ochenta y dos años.

Se llegaba el gran momento, todas las familias hacían un conteo regresivo: “¡10, 9, 8, 7, 6, 5, 4, 3, 2, 1…” Era como si el tiempo se paralizaba en ese pequeño segundo. Algunos sentían miedo, otros sentían tristeza y, muchos otros, llenos de alegría. A casi todos se les escapaba una lágrima y todos los rencores y penas desaparecían en esa milésima de segundo. Todos pensaban en las personas que más querían y ¡Boom! ¡FELIZ AÑO NUEVOOO! Era casi que una obligación abrazarse entre todos, pero primero, debía ser a sus padres, luego a sus hijos y así se iban felicitando entre todos.

Luego de las felicitaciones, los abrazos y las risas, dejaban un muñeco en la calle que, de hecho, hacían en los últimos días del mes con papel, madera y objetos que ya no servían como camisas, pantalones y zapatos. Algunas familias arriesgadas, metían pólvora como papeletas, chorrillos o pilas. Así que lo dejaban en la acera y con una llama de fuego, lo prendían como expresión de que el año ya se había acabado. En cada cuadra se veían entre dos a tres muñecos que se quemaban luego de media noche.

La música… La música siempre ha jugado un papel muy importante. En el momento en el que el reloj marcaba las doce de la noche, en la radio jamás faltaba:

Año nuevo, vida nueva
Más alegres los días serán.
Año nuevo, vida nueva
Con salud y con prosperidad.

Y fue así como las familias pasaban su diciembre, en familia y llenos de alegría. ¿Qué podemos rescatar hoy en día? A pesar de que la música sigue sonando en cada diciembre como si fuera tradición de toda una Región, las costumbres ya no son las mismas. Las familias no son tan numerosas y ya no hay una conexión tan grande entre ellas. Podemos ver que los jóvenes dicen “chao, me voy para donde mis amigos”, y ni siquiera reciben la navidad o el feliz año al lado de sus padres.

El licor prevalece, la música prevalece; pero lo fraternidad cada día se va perdiendo como si nada les costara, como si nada les doliera, como si nunca fueran a perder a sus seres queridos. Vemos actualmente a los jóvenes en las fiestas más grandes de fin de año, mandándole un mensaje por WhatsApp a sus madres cuando se suponía que la tradición era felicitar entre abrazos, entre mensajes que de verdad se puedan palpar. Por eso, es necesario que reflexionemos sobre lo que estamos haciendo, que volvamos de moda el verdadero arte de estar juntos.

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