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Un día con Petro y Duque en el último hervor de la campaña

Por: El Colombiano

ENTRE MEDIOS Y LO IMPREDECIBLE DE GUSTAVO PETRO

A Gustavo Petro lo esperaban subido en uno de los dos vuelos de 7:00 a.m. Bogotá-Medellín de la aerolínea Satena, como cualquier otro cristiano, pero no le consiguieron silla. Por eso, contrario a su deseo, terminó llegando a las 10:00 a.m. en un chárter al aeropuerto Olaya Herrera.

El cambio de hora puso a su campaña a mover citas como fichas de ajedrez para poder cumplir, aunque el día de Petro en Medellín, el miércoles 13 de junio, estaría marcado por la impuntualidad y el incumplimiento.

La primera parada, en plena vía pública para atender a miembros de la prensa le mostró al candidato de la Colombia Humana lo que le vendría. Mientras discutía por la negativa de su rival, Iván Duque, de enfrentarlo en un debate, de varias ventanas salieron vitores para el candidato del Centro Democrático acompañados de gritos de “guerrillero”.

No es sorpresa para un Petro ya acostumbrado a esas manifestaciones y que, ante la aparición de nuevos contradictores, se acomoda en la parte trasera de la camioneta que lo lleva para buscar quien grita, esbozando media sonrisa.

“En los debates de la parapolítica, que hacía en el Congreso al lado de los que estaba acusando, se levantaban a insultarme: payaso, guerrillero. Yo mantenía la calma y eso era lo que me permitía derrotarlos con argumentos”, explica antes de rematar: “Por eso, el 35 % de ese Congreso terminó preso”.

Aunque la ruta decía que la siguiente parada era el Hotel Nutibara, sobre la marcha Petro cambia de parecer y a las 10:37 a.m. llega a Caracol Radio en el barrio Laureles, hasta donde llegan nuevos gritos de “guerrillero”. No se inmuta y fiel a su estilo, asiste a la primera de las entrevistas del día en las que repite sus propuestas y aclara varios rumores que lo han rondado, como el que si gana, cerrará iglesias: “Eso es ridículo”, dice.

En poco más de una hora transcurre la entrevista y la siguiente parada es finalmente el tercer piso del Hotel Nutibara, al mediodía, donde lo encuentra un colectivo de cerca de 80 personas, entre mineros artesanales y pequeños empresarios.

La dinámica es sencilla: recopilan cinco preguntas al azar y Petro, fiel a su estilo de respuestas largas y específicas.

Daniel, un medellinense de 32 años criado en la comuna 13, es el segundo elegido para preguntar, pero tiene una sorpresa en el bolso que ha traído al evento. Cuando le pasan el micrófono, le ofrece al candidato unos zapatos biodegradables hechos en fique, “para que reemplace los Ferragamo”, le dice.

Petro se cambia sus zapatos, que pasan a la maleta de alguien de su comitiva y pasa todo el día con su regalo.

No es la primera sorpresa, recién inicia su disertación, al recinto irrumpen dos simpatizantes, uno vestido de aguacate y otro de abeja, dos de los objetos que han desatado debates y rumores.

La larga exposición de Petro durará hasta las 2:30 p.m., entretanto, en el primer piso del hotel se ha congregado una manifestación espontánea de seguidores.

Una de ellas es Ángela, dedicada al teatro, votará por primera vez en una elección presidencial aunque está habilitada desde hace 20 años: “es que no había con quién y siendo petrista en Medellín, he terminado peleada con amistades”.

Infortunadamente, para ellos, la ley les impide a los candidatos realizar manifestaciones públicas una semana antes de elecciones y, con los comicios encima, Petro no quiere dar papaya. Aunque intenta salir, la multitud se lo impide.

Petro saldrá del Nutibara y volverá a cambiar de rumbo. No llega a su entrevista a EL COLOMBIANO, pero sí a la de un canal de televisión.

Después de una maratónica jornada, que terminó con un Facebook Live entre las 7:00 y 8:00 de la noche, sobre las nueve, abandonó el Valle de Aburrá.

A lo largo del día, cuando le preguntaron el porqué venir a la ciudad en donde arrasó su rival, otorga la única respuesta corta de la jornada: “Vengo a acortar la distancia”. El domingo se sabrá si lo consiguió.

LA VISITA RELÁMPAGO DE IVÁN DUQUE

La modorra por la espera de tres horas, que sumada al calor punzante de la estación del Metro Acevedo, en el norte de Medellín, generaron un coctel perfecto para adormecerse. Sin embargo, la sensación se disolvió para darle paso a una algarabía que rompió con la monotonía de la hora del almuerzo del pasado miércoles 6 de junio.

El candidato del Centro Democrático a la presidencia de la República, Iván Duque, ingresó cuando el reloj estaba a punto de marcar las 12:43 p.m., no sin antes pagar el tiquete de forma manual.

Abriéndose paso entre el tumulto generado por los simpatizantes de su partido llegados desde distintas latitudes de Antioquia, Duque, haciendo gala de su carisma y de la vieja técnica inventada por el presidente norteamericano Andrew Jackson en 1833, besó bebés, abrazó damas y estrechó manos de forma vigorosa sin dejar de sonreír y saludar en ningún instante.

El hombre habla rápido. No se desgasta en adjetivos y suele ir al grano, especialmente cuando se trata de vecinos que le piden por algo en concreto. Llámese salud, alguna obra que haga falta a su barrio o la población reclusa de la ciudad.

Una de las que llegó especialmente para verlo fue Fabiola. Llegó de Barbosa a la estación cerca de las 9:00 a.m. y fue de las pocas que alcanzó a abrazar a su candidato. “A mí lo que más me gusta de él es que todos debemos tener un profesor, alguien que lo guíe y es bueno que ese sea el expresidente Álvaro Uribe Vélez”, comentó.

En general, su estampa dice lo contrario de lo que proyecta su cabello de un blanco parejo. Al hablar con la gente se le ve optimista y juvenil, especialmente cuando bromea con los que van ataviados con el uniforme de Atlético Nacional, que esa noche jugó el primer partido de la final del fútbol colombiano.

Su destino era uno de los trenes en dirección sur para llegar al parque de Berrío, donde desde las 10:00 a.m. ya estaba una multitud esperándolo. Sin embargo, la muchedumbre convirtió la cotidiana tarea de entrar al tren en un ejercicio peligroso.

Por eso, fue necesario dejar pasar dos trenes antes de intentar ingresar, sobre las 1:30 p.m. El elegido por Duque rápidamente se convirtió en un embudo humano, compuesto de escoltas, policías y seguidores.

Ante la imposibilidad de encontrar un espacio al lado del candidato, quienes venían relegados en la comitiva de vitoreo se apresuraron sobre los demás vagones y desde adentro intentaron acercarse lo más que pudieron, la mayoría sin lograr avanzar más allá de uno o dos metros.

El mismo tumulto se habría de repetir para bajar, pues aunque el tren hizo sus cinco paradas de rutina antes de llegar al parque de Berrío sobre la 1:40 de ese miércoles aún soleado, lo cierto es que más de un incauto prefirió dejar pasar el tren después de encontrarse con que los vagones se habían vuelto una especie de sede de la campaña.

En la plaza pública y ayudado de un sistema de sonido que se vio superado por el ruido de la multitud, Duque repitió sus propuestas, recibidas con vivas y aplausos, especialmente las de la cadena perpetua para violadores y los cambios en el sistema pensional. Sin embargo, pocos minutos antes de las 2:00 p.m., cuando el hambre ya empezaba a dispersar la multitud, el candidato terminó y tomó camino a su última cita: una reunión con empresarios en un coworking lab ubicado en el sector de la Milla de Oro.

Sobre las 2:30, visiblemente fatigado, el discurso de plaza pública fue reemplazado por una charla menos agresiva con sus cuerdas vocales, ya mermadas para ese momento. El candidato retomó su política de la economía naranja.

Solo hubo tiempo para cuatro preguntas, antes de que las carreras continuarán, esta vez para llevarlo de regreso al aeropuerto. Su vuelo, para las 4:00 p.m. marcó el fin de una vertiginosa visita de cuatro horas a la capital antioqueña.

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