Un viaje al interior del Centro Penitenciario de La Ceja

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“Estoy aquí por no escuchar a mi mamá, por no estar atento a los consejos que ella me dio”, cuenta uno de los reclusos sindicado por hurto

Por: Santiago Bedoya Ospina

COMUNICACIÓN SOCIAL UCO, santigolp@gmail.com

 

Con la mirada fría, el cuerpo inquieto y una ansiedad sobresaliente, el andino Simón Gómez Medina recorre el patio de lo que ahora reconoce como su refugio, “Un día yo estaba tomando con unos parceros y me dieron la orden de matar a un man. Lo primero que vi fue unas tijeras. yo lo maté y después lo jalé para una quebrada”, cuenta el recluso del Centro Penitenciario y Carcelario de La Ceja que, a su temprana edad, paga una condena de 8 años. Por coincidencia, de fondo un viejo radio Sony escupe unas notas: “Cuatro puertas hay abiertas, al que no tiene dinero: el hospital y la cárcel, la iglesia y el cementerio”.

Varios delitos como el homicidio, el hurto y el tráfico de estupefacientes se mezclan en el lugar, creando un ambiente tosco.  Se abren las puertas de un lugar donde tal vez nadie quiere estar. Allí se encuentran miles de historias que han degradado por años el buen nombre de una vereda, un barrio o un municipio. Es el caso del Establecimiento Penitenciario de Mediana Seguridad y Carcelario de La Ceja, donde se albergan cerca de 272 internos de diferentes departamentos de Colombia que adeudan su condena en un lugar que esta adecuado solo para 94 reclusos. Desde el joven hasta el más adulto pasan sus días tras las rejas privados de la libertad.

Paredes blancas teñidas de negro, rejas azules llenas de polvo, mugre, desorden y una fragancia putrefacta inundan los patios del Centro de Reclusión, que debido a la falta de abastecimiento los internos viven las inclemencias de un lugar sucio y de mal aspecto. Como si fuera poco, las condiciones van en contra del derecho que tiene cada persona para tener un lugar limpio y digno donde habitar.

La cárcel está conformada por 2 patios: en el patio 1 es donde se instaura la mayoría de internos. El patio 2 cuenta con un espacio más limitado. Allí se refugian personas de la tercera edad e internos que hacen labores del rancho, es decir, que trabajan con la comida. No hay una relación entre ellos. A los del uno no les importa lo que hacen los del dos, el único momento que los une es la entrega de los alimentos, que solo tarda media hora en las tres entregas diarias y eventualmente cuando hay alguna actividad programada para los internos.

La mazmorra

La seguridad está conformada por 35 funcionarios que laboran en diferentes turnos las 24 horas.  Por su parte, 2 cabos, 3 distinguidos y 6 auxiliares custodian el comportamiento de sus huéspedes. El resto de la seguridad son dragoneantes, además en la garita ubicada en la parte superior del establecimiento. Uno de ellos vigila el perímetro del lugar desde las alturas.

Muchos de los internos ya se acostumbraron a las enfermedades, al desaseo y a sus pesadillas. La convivencia entre tantas personas los obliga a perder el escrúpulo, aguantar el olor del compañero que decide bañarse cada 8 días, o aceptar ver al otro hacer sus necesidades con la puerta abierta.

“Debe uno aprender a lidiar con 272 genios, entre ellos deben ser tolerantes y evitar las riñas para no ganarse un castigo como la restricción de las visitas”, asegura Arturo Bolívar, director de penal.

Al mal olor se suma el hacinamiento. Uno de los problemas que se frecuenta en varios Centros Carcelarios del país “La situación del hacinamiento y la sobrepoblación es muy difícil, porque se pueden evidenciar problemas de intolerancia, de agresión y se presta para que haya microtráfico al interior de los patios. Actualmente han aumentado en un 150% más de reclusos para la capacidad que tiene el Centro”, cuenta el director del Centro Penitenciario Arturo de Jesús Bolívar Parra.

El trabajo que desempeña Arturo de Jesús Bolívar Parra en el Centro no ha sido en vano. Con más de 8 años de experiencia, ha desarrollado diferentes cargos en el ámbito judicial, desde la gerencia penitenciaria y carcelaria para posteriormente asumir el cargo de Director. “La experiencia ha sido una sorpresa, porque uno nunca había manejado un convenio con Centros Penitenciarios. Aquí es complicado porque es un lugar donde el hacinamiento sobrepasa los índices de sobrepoblación”, agrega el Director, mientras recibe el informe de las visitas del día domingo por parte del dragoneante.

La capacidad de las celdas es para 8 personas, allí se acomodan entre 12 y 14 que duermen encima de una estructura de cemento cubierta por una colchoneta.  Cada celda cuenta con un televisor que sirve para el entretenimiento de los internos en horarios establecidos por el centro.

La rutina

Para los reclusos el día comienza a las 6 de la mañana con una fila interminable donde deben tomar un baño para el cual tienen solo una hora. En dos duchas 272 reclusos apuran su momento de asearse antes de pasar al desayuno que sirven a las 7. Luego de recibir el primer plato del día, el dragoneante hace el conteo para quedar en tiempo muerto hasta la hora del almuerzo.

Cuando apenas asoma el medio día, se acomodan para recibir el segundo plato del día, donde muchos ya tienen un poco de apetencia, y mientras pasan el tiempo y la vida entre programas de televisión, esperan a las 3 de la tarde recibir su alimento final. Posteriormente, sin importar que llueva y haga frío, soportan desde las 4 de la tarde las inclemencias de la noche encerrados en la celda hasta el otro día.

La semana se hace más larga cuando se espera con ansias el día de las visitas. Los sábados es el turno para los hombres y el domingo las mujeres. Cada visita tiene su particularidad: la ropa debe ser cómoda y liviana, donde no haya espacio para resguardar sustancias que puedan alterar el orden y la disciplina del Centro.

Su rutina no es estar solo alejado de la sociedad; también sacan a relucir sus dotes para el beneficio propio y de los demás internos. Un ejemplo de ello es Juan Luis Arenas, oriundo de La Ceja, quien adeuda una condena de 4 años por venta de estupefacientes. Él es el encargado de motilar a los reclusos. Su ideal, según cuenta, no es llenarse de dinero sino adquirir herramientas para poder comunicarse con su familia.  “El Inpec no me deja cobrar, pero cada mes me dan 30.000 pesos y los internos me facilitan un pin de 3.000 para poder llamar”, comenta el barbero, mientras alista sus implementos para un nuevo turno.

Muchos de los que habitan en un Centro Carcelario tratan de pasar desapercibidos con el fin de reducir el tiempo de estadía, mientras que otros son empeñados en tomar el poder y llevar la contraria contra las normas del establecimiento. Como muchos afirman, su mayor motivación para salir de allí es la familia, que a pesar de los obstáculos que se interponen en el día a día, esto les fortalece para luchar contra las dificultades propias y del Sistema de Justicia del país.

  • Los nombres de los reclusos han sido cambiados por solicitud de las fuentes.

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