El idioma castellano

“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no há mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo mas vaca que carnero, salpicon las mas noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas con sus pantuflos de lo mismo, y los días de entre semana se honraba con su vellorí de lo mas fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años: era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada o Quesada (que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben), aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llamaba Quijana.”

Así comienza Miguel de Cervantes Saavedra su gran obra de literatura, Don Quijote de la Mancha, que tanto orgullo da a nuestra lengua española.

Cervantes murió el 22 de abril de 1616 en Madrid y enterrado el 23 de abril de 1616.

Así mismo, nuestro gran gramático, Don Marco Fidel Suárez, nace en Hatoviejo (Hoy Bello), el 23 de abril de 1855.

El acaso, y sus inescrutables profundidades, se ciernen sobre estas fechas 22 y 23 de abril, para que el más grande escritor de la lengua castellana, Cervantes, de alguna manera, se sincronice con uno de nuestros grandes gramáticos antioqueños: Suárez.

En alguna ocasión, hace más de 45 años, caminando por Barcelona con un Catalán, no resistió su asombro y me dijo: “Hablais como en las películas de espadas”, haciendo alusión al infaltable “vos” tan característico de esta Antioquia grande y altanera.

Eduardo Caballero Calderón dijo de Antioquia: “Esta no es uno de los diecisiete departamentos de Colombia, sino un pueblo, una nación, un país como decía el señor Suárez”. “Tiene un contorno y un perfil recios e inconfundibles, descarnados como sus montañas ingentes; un carácter propio y peculiar; una manera de ser que se refleja lo mismo en los personajes de Carrasquilla que en esos fundadores de industrias y de pueblos a quienes debe Colombia lo que es hoy y lo que podrá ser mañana. Sin Antioquia, Colombia sería de otra manera: más tropical, más superficial, más ligera si predominara exclusivamente el elemento calentano; o más apática, ensimismada y esquiva, si predominara el elemento andino de la cordillera oriental. Sin Antioquia, Colombia se asemejaría a Cuba o al alto Ecuador. Gracias a ese ingrediente humano, fuerte y capitoso como un plato de fríjoles, Colombia es ella misma y no se parece a nadie. Sobre todo tienen los antioqueños algo que nos falta a los demás colombianos, y es el orgullo de ser como son y una necesidad física y espiritual de afirmarse e imponerse de esa manera aún en los medios más hostiles.

Siendo tan andariegos, llevan a Antioquia a todas partes. No la dejan atrás, no quieren librarse de ella como les sucede a los colombianos de otras regiones a quienes lo propio, lo entrañable y lo provinciano les comienza a estorbar cuando cambian de residencia. El antioqueño está tan identificado con su tierra y con su gente que renegar de Antioquia sería para él como renegar de sí mismo, por lo cual su condición de colombiano consiste esencialmente en sentirse y conservarse profundamente antioqueño….El trasfondo antioqueño es el hogar donde se trenzan con una fuerza admirable la solidaridad, la comprensión, la lealtad, la espontaneidad, la fe en el hombre y el amor a la vida. La sensibilidad poética y el poder expresivo se acendran allí, en esos huertos cerrados que son las casas antioqueñas. Detrás de los poetas, los artistas y los escritores de la montaña, los más vigorosos y originales entre todos los colombianos, no hay mera literatura como en tantos otros que parecen brotar en estos riscos por generación espontánea. Detrás del antioqueño hay el hogar, el solar y la tierra que dan al hombre su densidad histórica y sin las cuales literatura y poesía no son sino una polvareda de palabras y el hombre un esquema sin profundidad”

Creo que el 23 de abril, día del idioma castellano, unidos por el típico “vos” que nos enlaza tanto con nuestra antigua España, llena nuestra Antioquia de apellidos asturianos, gallegos, leoneses, vascos, tan cercanos, es un buen momento para recordar nuestros ancestros y volver a ellos sin ruborizarnos del mestizaje que nos hace tan fuertes.

Es un día para recordar no sólo a Marco Fidel Suárez, sino a Camilo Antonio Echeverri, Gregorio Gutiérrez Gonzalez, Epifanio Mejía, Tomás Carrasquilla, Francisco de Paula Rendón, Antonio José Restrepo, Efe Gómez, Porfirio Barba Jacob, Leon de Greiff, Juan de Dios Uribe Restrepo, Laureano García Ortiz, Baldomero Sanín Cano, Jorge Robledo Ortiz, entre otros grandes, que le dieron tanto lustre a nuestro idioma español antioqueñizado.

Es un buen día para sentirnos regionales y universales. Amantes de lo nuestro, de la familia, de nuestros paisajes de montaña y de mar, de nuestra minería, de nuestro café, y por encima de todo, enamorados de nuestro trabajo fruto del innato emprendimiento.

Metámonos en los libros de nuestros ancestros, nuestras costumbres, nuestros tonos. Es un buen día para volver a Tomás Carrasquilla. Buen punto de partida para retornar a nuestras circunstancias en el día del idioma castellano. Dijo Carrasquilla en Frutos de Mi Tierra:

“Por el lindero del zagüan sigue un escaparate de perchas, muy grande y mejor trabajado; después la puerta y luego el lavabo, que, fuera de lo necesario, tiene de cuanto Dios ha criado en frascos, botes y cepillos. Dos mecedoras de junco, “una mesa redonda”, un reloj pequeño de bronce sobre una cómoda, y un frutero de Camargo sobre la otra, completan el mobiliario, el cual se asienta en tapiz envigadeño de cabuya, de fondo oscuro, a listones rojos y verduscos.
Nada que huela a libro, ni a impreso, ni a recado de escribir. Pulcritud, simetría y brillo, eso sí, por todas partes.”

Feliz idioma castellano.


Julio E. González Villa
Profesor Universitario
Abogado
Concejal de Medellín.

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