La bebida de los dioses

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Por: Viviana Suárez 

Hablar de la chicha es hablar de tradición, ancestros, cultura y sobre todo de historia. Empezaré por contarles que no siempre esta bebida contó con la reputación que tiene en la actualidad, pero primero les preguntaré: ¿saben qué significa chicha? Literalmente esta palabra proviene de la lengua indígena kuna, de Panamá: Chichab, que significa “maíz”. 

Es ineludible que al mencionar el maíz se evoca a nuestros indígenas, esos que veían en este grano un alimento fundamental, pues simbolizaba el ciclo de vida del hombre: nacimiento, crecimiento, reproducción y muerte del ser humano, además era la fuente principal de su agricultura.

Justamente a base del maíz se gestaron importantes rituales, los cuales se ofrendaban a los dioses como tributo por las raciones concedidas en el día a día. Uno de estos homenajes se hacía por medio de la chicha, una bebida tradicional alrededor de la cual se conmemoraban las más importantes ceremonias y rituales religiosos, que luego dieron paso a que toda la sociedad la consumiera.

 Esta herencia, que viene de los dioses se convirtió en el escape perfecto para salir de la rutina, debido que su dulce sabor y el proceso de fermentación eran algunos de los atributos que más llamaba a los indígenas a consumirla.

Pero a pesar de su popularidad, la chicha no era completamente aceptada por el hecho de ser preparada de manera antihigiénica, por ejemplo, en muchas chicherías preparaban el producto en vasijas de barro sucias, destapadas y con poca supervisión en fábricas clandestinas o en pequeñas casas, tanto así que en 1948 se prohibió el consumo de este fermento. 

No obstante, esta prohibición no sirvió de nada dado que para esa época la bebida se había convertido en la favorita de las clases más populares, quienes recibieron el desprecio y la persecución de los círculos sociales más altos, que terminaron tildando la chicha como “la bebida de los pobres”. 

Ahora, lo que no sabía la élite era que detrás de la chicha había una excusa para el encuentro con el amigo, el vecino; una oportunidad para dar paso a una buena conversación y salir de la rutina de las labores cotidianas, una nueva forma de afianzarse culturalmente y construir relaciones a través de una totuma.

Y es que fue tanto el impacto social de esta nueva práctica en el país, que a comienzos del siglo XX cuando comenzó a figurar la industria cervecera, las chicherías eran objetivo de allanamientos, se destruyen las vasijas de barro donde se fabricaban, a tal punto que las mujeres que atendían las chicherías eran condenadas a la cárcel.

Aun así, el trono de las bebidas lo seguía liderando la chicha, que para los años 20 se consumían tan sólo en Colombia 50 millones de litros al año, lugar que sin duda querían ocupar renombradas cerveceras. A partir de ese momento, tuvieron que pasar nada más y nada menos que 30 años para que la industria de la cerveza llegará a ser considerada como una verdadera competidora de la chicha, a tal grado de arrebatarle al fin su mercado.

Sin embargo, la chicha no ha muerto, y hoy, muchos años más tarde todavía existen defensores de una causa implícita: el derecho a convocar y reunirse en torno a una bebida que hace honor a nuestros antepasados, esos que con poncho y sombrero recorrieron los caminos de arriería acompañados de ella, su bebida favorita, esa que les daba las fuerzas suficientes para trabajar el campo y poder conseguirse el sustento; aquellos que mediante su labor daban valor y honra a nuestros indígenas, esos mismos que adoraban a sus deidades, no sin antes ofrendarles su bebida, la bebida de los dioses: la chicha, que aunque a veces olvidada sigue presente en muchos, porque cabe resaltar que si los franceses tienen el vino y los alemanes la cerveza, a nosotros aún nos queda la chicha.

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