La capilla de San José

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Ahora que, a través de los medios, se ha puesto los ojos sobre la casa que se encuentra al lado de la capilla de San José, es bueno recordar porque, esta edificación, un templo en adobe y tapia, es considerado el inmueble patrimonial más importante de El Retiro. Empecemos por el principio, la capilla remonta su origen a la época colonial, aproximadamente al año 1733, cuando los esposos Castañeda, grandes terratenientes del oriente antioqueño llegaron al Valle de San Nicolás. Al tomar posesión de sus minas, los aventaderos del Guarzo (hoy Quebrada la Agudelo y río Pantanillo), trajeron con ellos una cuadrilla de esclavos que, mediante el bateo, debían sacar el metal dorado de las venas de la tierra y el río. Sabían que, al interior de sus responsabilidades con sus esclavos, estaba su pertinente y permanente enseñanza de la doctrina y la fe católica. Para ello decidieron erigir una capilla, dedicada al culto de San José, santo por el que Don Ignacio Castañeda tenía una especial devoción, cerca de las minas. El santo estaría acompañado de la Virgen Dolorosa, advocación a que le rendía una fervorosa dedicación Doña Javiera Londoño.

La capilla fue construida originalmente en madera y con un techo pajizo. Era una edificación sencilla cuyo propósito era mantener la fe de los esclavos y donde se podían realizar los principales ritos. Era probable que algunos sacerdotes se desplazaran desde Rionegro, de vez en cuando, para traer los sacramentos como la comunión o la confesión. Los esclavos aceptaron la fe y dadas las condiciones propias del régimen colonial se entregaron muchas veces a ella como una posibilidad de escape frente a su difícil presente. Sin embargo en su imaginario permanecía la musicalidad y, de vez en cuando, bailaban frente al fuego al ritmo de los tambores. La misma Javiera Londoño se vio seducida por este ritual y en varias ocasiones se unió a sus danzas ancestrales.

En el año de 1766 doña Javiera Londoño, ya una anciana, escribe su segundo testamento. Este refrendaba y ampliaba lo que ya había decidido conjuntamente con su esposo en 1757. Doña Javiera ya no liberaba solo unos pocos esclavos sino la totalidad de toda su cuadrilla, alrededor de 125 personas. Además les dejaba como herencia sus propias minas, los aventadores del Guarzo, para su manutención. La condición que les ponía era clara: debían volver cada año a celebrar una misa por el alma de don Ignacio y la suya propia y pagar los estipendios necesarios al sacerdote. Lo que evidencia que en las razones de la liberación no existían solo causas altruistas sino también profundamente espirituales. La manumisión solo pudo hacerse efectiva en 1772 luego de un largo pleito jurídico en que intentaron declarar loca a doña Javiera.

Esta misa se celebraba tradicionalmente en la Capilla de San José, aquel lugar donde los esclavos durante sus largas jornadas de trabajo depositaban sus oraciones en busca de un porvenir mejor. La misa se celebraba a la advocación de la Virgen de los Dolores y los esclavos rememoraban a través de su imagen la justa causa de la libertad. Los esclavos, ahora libertos, y sus familias regresaban desde donde estuviesen, algunos de ellos de sitios como Abejorral, Sonsón y Fredonia, y participaban activamente del oficio religioso. Venían con sus mejores vestiduras y cuando terminaba la misa salían al atrio y bailaban para celebrar la libertad. Su contagiosa alegría y musicalidad se contagió a todos los habitantes de la región y poco a poco surgió la tradición de las Fiestas de los Negritos, que aún se celebran en el municipio de El Retiro. Los descendientes siguieron retornando y la capilla siguió siendo el punto nodal de las celebraciones, el punto de encuentro, la edificación símbolo de la libertad y sus potencias de vida.

Pasarían casi cien años, para que el presbítero José Vicente Calad, en la segunda mitad del siglo XIX, decidiera que era pertinente reformar la capilla que, dado los materiales en que estaba construida, estaba casi en ruinas. Con el oro que le traían los descendientes de los libertos, la ayuda de las minas del padre Abad y el apoyo de la comunidad pudo financiar esta empresa. La nueva edificación se erigió en 1883 y se construyó de nuevo, esta vez con mejores materiales: adobe, argamasa, tapia y cal. La capilla emuló el estilo propio de las edificaciones coloniales pues la idea era que conservara aquella magia propia de la época donde había surgido. El sacerdote contrató a dos de los mejores talladores y carpinteros de la época Anatolio Peláez y Rodrigo Cuartas, para que le ayudaran en la realización de los confesionarios, del sagrario, las puertas y que realmente fueran dignas. En el altar puso las dos imágenes que habían pertenecido a los esposos Castañeda, San José y la luego llamada “dolorosita”, para que acompañaran las ceremonias.

La capilla siguió siendo un sitio central de las oficios religiosos, donde gente de barrios aledaños como la cueva del humo o chapineros, que eran en su mayoría población con oficios como carpinteros, obreros y campesinos seguían domingo tras domingo acudiendo al lugar. A mediados del siglo XX cuando se da el boom de la industria del mueble, uno de sus principales representantes, José María Botero, “Don Pepe”, dirige en la capilla las fiestas de San José, el patrono de todos los ebanistas, carpinteros y talladores. Don Pepe es recordado por ser un gran artesano que ayudó en el inicio de una época dorada para los talleres de ebanistería de El Retiro y por ser maestro de muchos de los artífices de la madera que aún perviven en el municipio.

La edificación ha tenido varias afectaciones a lo largo de su historia, pero destaca el espíritu de resistencia y solidaridad de los guarceños, quienes han impedido que se pierda este inmueble que es parte fundamental de su memoria y su identidad. En 1962, el gran terremoto que sacudió a Antioquia, afectó la estructura de la capilla. Ello, sumado al irrefrenable paso del tiempo, que también traía sus grietas y abismos. En 1973, la firma de arquitectos “García hermanos” se abogó completamente a su restauración. Varias importantes empresas como Coltejer, Tejicondor, Fabricato, La Nación, Colombiana de Tabacos, Cía. de cementos Argos, entre otros, pusieron recursos para su reconstrucción, lo que demuestra su importancia no sólo para los guarceños sino para toda Antioquia.
En el 2019 tuvo un último tropiezo con la caída de su techo, pero este pronto fue restaurado como una prioridad de la comunidad y, finalmente, en el año 2021 la Capilla de San José se convierte en Parroquia. Hoy por hoy sigue siendo un sitio admirado por turistas, quienes encuentran allí ecos de un pasado increíble y aún, cuando cierran los ojos, escuchan el retumbar de los tambores.

Ciertamente, alrededor de la capilla, se estructura un perímetro estético, sin el cual la capilla no podría existir, ni tener la fuerza que tiene como elemento representativo de su patrimonio inmueble. A su derecha la casa de “Pacho” García compositor de la canción de El Beque, segundo himno de El Retiro, y a su izquierda una casa que aunque tiene varias reformas y ha pasado por varios dueños conserva la fachada tradicional propia de la arquitectura republicana. En su límite, un largo zaguán y pasadizo, tras el muro y los vitrales que conducen al interior de la capilla.

¿Podría pensarse en una edificación moderna y de gran altura a su lado? ¿Qué toqué los cimientos? ¿Qué tape la luz que entra por los vitrales, que según los monjes medievales era la representación de Dios mismo sobre la tierra? Es innegable que sería una gran afectación a nuestra historia y patrimonio, que de alguna manera, se vería perjudicada esa primera imagen que el foráneo encuentra al entrar al municipio y que nuestros abuelos guardan en el cofre de la memoria como un tesoro. La capilla hoy sigue luchando y, parada en la calle principal de entrada al pueblo, su presencia es el símbolo supremo de la libertad, de un pueblo ebanista, de su tradición musical y de todo aquello que a través de los años forjó el espíritu guarceño.

Por: Daniel Acevedo Arango

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