Un fin de semana en Argelia

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Por: Maria Camila Narváez Echeverri

Comunicación Social UCO, camin1996@hotmail.com

El viaje

Son las cuatro de la mañana.  Me dispongo a salir de casa rumbo al municipio de Argelia. Es oscuro, solo nos alumbra pequeños destellos de luz de la luna y las estrellas. La carretera parece un desierto, aún no hay transeúntes. El viaje se tornó placentero a pesar de las curvas que hay para llegar allí; los pájaros salen de sus nidos y se posan en las ramas a cantar con un ímpetu de elegancia su melodía mañanera, la misma que avisa que ya está amaneciendo, la neblina cada vez es más fugaz y se puede observar como el rocío de la mañana se posa en las plantas, el césped y las flores. Las pequeñas gotitas de agua le dan un brillo especial al jardín que vemos y el mismo que dejamos atrás cada que el carro avanza.

Son las 6 de la mañana y los trabajadores comienzan a salir de sus casas para dirigirse a sus respectivos lugares de trabajos, en bicicleta, con botas pantaneras y con morral, aun así la carretera sigue permaneciendo desértica.

Para llegar a Argelia pasamos por los municipios de La Ceja, La Unión, la entrada para Abejorral y Sonsón.  La vía que conduce Sonsón-Argelia su mayoría es destapada, parece un camino de herradura. Estando en época de lluvias, no podía faltar el aguacero en el viaje. El miedo se apoderaba de todos los ocupantes del vehículo, pues la carretera era en medio de montañas y se veía como las ramas de los arboles caían, parecíamos en otoño, esos otoños que se viven en Ottawa, donde llueven hojas en forma de tréboles, la diferencia es que en ese momento era de manera agresiva y con un cielo gris de fondo.

Al llegar

Por fin llegamos a Argelia, desde las escalas de la iglesia se puede observar todo el parque principal, las casas coloniales, rosadas, amarillas, azules y verdes; la alcaldía; los bares y las calles que conducen a los barrios, aunque a eso no le llamaría calles, son  piedras y pedazos de concreto para que no haya pantano.

Entramos a la cafetería del pueblo El Cafecito,  donde me sirvieron un café negro, su exquisito aroma y sabor me ofrecieron sensaciones espirituales. Detrás de cada café hay una compleja historia y un arduo trabajo, el café en general es un producto especial, con una historia particular de la dedicación que se tiene en su cultivo. Al terminarlo le pregunté a Heriberto Monsalve por la marca del café que manejaba en su tienda, fue en ese momento que me enteré de que el municipio es productor de café, por cierto, uno de los más deliciosos que he probado.

Caminando por el pueblo conocí a Alberto Ospina, hombre de piel morena, nariz aguileña, manos gruesas y deterioradas por su labor en la finca.  Se le nota por encima la fuerza que tiene en ellas; estatura alta, contextura delga y ojos profundos color miel; de machete, sombrero y botas luce su look don Alberto. Al saludarlo pude ver cómo le caía por su frente gotas de sudor  formando en su rostro un humedal, aun así no fue impedimento para recibir una sonrisa calurosa y un buen día por parte de él. Caminaba con su mula Amulata que también se veía cansada, con el estómago  mojado  y con sed. En el lomo del animal había dos costales de café que iba a llevarlos a la Federación Nacional de Cafeteros y de pronto correr con suerte de que se los compraran.

 

Canchando un poco

El parque principal es la zona de encuentro de los campesinos del municipio.  Aun allí se transportan en bestias: mulas, burros, caballos y yeguas. A estas las dejan amarradas en los postes de las esquinas mientras ellos se reúnen a hablar o mejor “cachar” como dicen.

En muchas partes hay una tremenda escasez de gente amable, siendo una pena porque ser bueno no es tan complicado. Ser amable es de sentido común pero, como dicen por ahí, el sentido común es el menos común de los sentidos. En Argelia eso no aplica, pues  los argelinos manejan una chispa encantadora, saludan con efusividad y con curiosidad, se disponen a ayudar en lo que cualquier visitante necesite. Cachando con ellos hice una recopilación de lo que era Argelia antes y de lo que es hoy en día, llegando a la conclusión de que el municipio ahora es muy sano y no tiene la violencia que se mantuvo entre 1998 y 2004 donde este era víctima directo de la guerrilla, donde se tomaban el pueblo y las veredas, donde para entrar o salir del pueblo era un protocolo que había que pedirles permiso a estos grupos armados. Muchos de los campesinos con los que me reuní en el parque vivieron el conflicto armado en carne viva, y a muchos de ellos les mataron seres queridos o ellos mismos fueron secuestrados o desalojados de sus propiedades.

Otoniel Tabares es uno de los habitantes que vivió en carne propia el conflicto armado. Un día en plena época decembrina, mandó a una de sus hijas para la ciudad de Medellín a cuidar del embarazo de un familiar. La acompañó al parqueadero de las chivas y allí se despidió de ella sin imaginar lo que le iba a suceder, precisamente la estaba enviando a la boca del lobo. En medio del trayecto se encontraba un retén guerrillero y la chiva en la que ella se transportaba no iba hacer la excepción de pararla y pedirle los documentos a los pasajeros, siendo ella la única que no llevaba consigo ningún papel de identificación, Laura era menor de edad. El grupo armado dio la orden para que nuevamente se montaran a la chiva las personas que viajaban en esta, mientras que a la niña le dieron la orden de que bajara su bolso y se quedara sentada con un grupo de personas que había allí, que habían bajado horas antes. Ella comenzó a llorar más que María Magdalena y a suplicar que la dejaran ir, sin conseguir éxito. El transporte no arrancaba, los pasajeros tenían el corazón destrozado para dejar a la niñita en medio del camino. Después de 5 minutos un hombre valiente decide bajarse y hablar con las personas que encabezaban el retén para que dejaran ir a la chica, que él estaría dispuesto a quedarse en cambio; al pasar 25 minutos los dos consiguieron marcharse luego de generar un trato con la guerrilla y era el de suministrarle comida una vez por semana. Aun su padre no se perdona el susto que pasó su hija y no se alcanza a imaginar lo que hubiese sido si ese hombre no intercede por ella.

Como esa historia hay muchas: está la de José Velásquez que fue secuestrado al ser confundido con un líder de un grupo subversivo enemigo de ellos, o el de doña Ángela que vivenció la muerte de un vecino; sin embargo, ellos omiten esa parte dolorosa y de flagelación que vivió el municipio y solo hablan de la valentía que tuvieron para soportar esos momentos de angustia, además de las cosas buenas que hay, como la Federación de Café o de la panela, pues Argelia también es productor de caña.

 

 

Sin plaza

En Argelia no hay plaza de mercado.  Todas las tiendas de abarrotes, de frutas y verduras se encuentran en diferentes sitios del pueblo. Me llamó la atención las carnicerías de allí, pues en las que pude observar la carne era colgada, las cabezas de los cerdos y en unas había colas de caballo. Lo peculiar era la forma como manipulaban estos alimentos sin protección, no había mostrador o un vidrio que protegiera estos alimentos de los contaminantes del aire. Pude contar 4 carnicerías así.  Los carniceros no usaban gorro pero sí sombrero ganadero; no utilizaban guantes ni pasabocas, pero se paraban en las puertas a fumar un cigarrillo; no tenían publicidad, pero ellos hacían perifoneo e invitaban a la gente a comprar sus productos frescos.

Adiós, Argelia

Esto es una esquela de lo que es Argelia, un lugar pequeñito pero lleno de magia y de historias, donde el viaje de 5 horas valió la pena, donde conocí personas fantásticas y relatos únicos que lo hacen reflexionar sobre la vida, sobre los comportamientos y sobre las personas. Este municipio ha presenciado la violencia del país, pero esto no le quita su belleza, su riqueza de paisajes hace que el disfrute sea maravilloso. Me voy con la sensación de volver algún día.

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