Wilmar Arboleda, un hincha que acumula millas en su silla de ruedas

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El ‘gato’ y sus amigos aprovecharon el momento en que abrieron la puerta de La Bombonera para tomarse una fotografía. (Foto suministrada por Wilmar Arboleda).

Por: Luisa Martínez 

Ni el poco dinero, ni la enfermedad que lo acompaña desde su niñez, fueron impedimento para recorrer los países de Suramérica. Padece poliomielitis, conocida también por su abreviatura como polio, el virus le causó una parálisis en los pies y manos que se fue agudizando con los años a medida que fue creciendo. En la adolescencia recurría a una bicicleta para apoyarse, sabía que sus padres no tenían dinero para comprarle una silla de ruedas y tampoco quería depender de ella. Pero al llegar a la adultez fue inevitable, a los 21 años le regalaron una silla de ruedas y hoy, después de tres sillas y 19 años, continúa usándola.

 

Wilmar, o ‘gato’ como le dicen, es uno de los siete hijos de la familia Arboleda, campesinos cafeteros de Andes, un municipio del Suroeste antioqueño. El espíritu aventurero de Wilmar no estaba destinado para quedarse en aquellas tierras. Empezó a hacer recorridos de pueblo en pueblo con su silla de ruedas, Santa Bárbara y Medellín eran algunos de sus principales destinos, pues tenía familiares que le ofrecían alojamiento. En otros pueblos, muchas personas de forma desinteresada le brindaban un lugar para descansar y si no, el Comando de Policía de la localidad podría ser otra opción.

 

Corría el año 2011 y con el afán de que su silla de ruedas sumara millas, se encaminó hacia Bogotá. Se desvió hacia El Carmen de Viboral donde vivía su hermana y allí se quedó con la intención de trabajar para continuar su recorrido, pero sus planes cambiaron, la estadía terminó siendo permanente cuando conoció a los integrantes de la barra de Atlético Nacional: “Cancha tras cancha”. Seguir al equipo de fútbol se convirtió en el motivo de sus viajes.

 

Empezó a ir al estadio Atanasio Girardot y no contento con ver jugar al equipo en Medellín, se fue para Cartagena, convencido por sus amigos. El siete de agosto de ese mismo año, Nacional jugó en Bogotá, los compañeros de la barra decidieron no ir. Así que él se fue solo en la silla de ruedas, el trayecto inició en El Carmen, se fue rodando hasta Marinilla, allí se pegó de la parte trasera de una moto que lo llevó hasta El Santuario, continúo rodando hasta San Luis, allí unos soldados pararon un carro que lo transportó hasta La Dorada, el chofer le dio 20.000 pesos y con el dinero tomó un bus hacia su destino, Bogotá. Se enfrentó a una ciudad desconocida donde no vio otra opción que dormir debajo de un puente. “De ahí en adelante comencé a andar mucho, conocí muchos amigos y ya a donde voy no duermo en la calle”, dice Wilmar.

 

Dos años después, en el 2013, salió por primera vez del país, Nacional jugaba en Perú por la Copa Sudamericana. Vendiendo boletas reunió 300 mil pesos, realizó los trámites para sacar el pasaporte y emprendió su camino, en esa oportunidad acompañado por uno de los compañeros de la barra. Allí, tuvieron que dormir en la calle, no conocían a nadie. Aun así, le gustó tanto la experiencia que resolvió irse un año después a ver la Copa Libertadores, se trató de un recorrido por varios países latinoamericanos: Ecuador, Perú, Bolivia, Brasil, Paraguay y otros.

 

Recorrieron Ecuador y cuando llegaron a Perú, se dispusieron a buscar la casa de Hilder, alguien que les iba a dar posada. ¿Muchachos están perdidos? Les gritó un señor que los estaba mirando desde una esquina. “¿Ustedes no son de por acá, cierto?”, le dijeron que estaban buscando a alguien, el hombre les manifestó que en la casa tenía una sala de internet, así que fueron con él. “cuando llegamos unas personas estaban comiendo, él les dijo: vea familia, unos amigos. Luego partieron la comida para darnos a nosotros, unas personas que ni conocían. Entonces entendimos que la gente hacía cosas sin buscar nada a cambio”.

 

Se fue para el partido en Paraguay y allí, después de que finalizó, llamó a su mamá y le dijo que ya se iba para Colombia, pero unos conocidos lo convencieron de ir primero a Brasil. Ya en Sao Pablo, se vieron obligados a pasar tres días vendiendo confites y manillas en los semáforos mientras reunían dinero para continuar. Les decían a las personas que el dinero era para regresar a Colombia cuando sus intenciones no eran más que llegar a Salvador de Bahía, donde jugaría Atlético Nacional.

 

Cuando estaban en la terminal en la que tomarían un bus que los llevaría a Salvador, Wilmar le pidió a uno de los guardas de seguridad mediante señas que lo dejara vender confites, él dijo que solo podía hacerlo donde no lo vieran las cámaras, recorrió el lugar ofreciendo los productos, pero el cansancio lo venció, dejó la silla a un lado y se acostó en el suelo a dormir. “El celador me despertó y me dijo: cadeira, cadeira; (cadeira es silla), yo me levanté y como no la vi me puse a llorar, ¿yo qué iba a hacer sin mi silla?”.  El celador se fue a buscarla y minutos después volvió con ella. Una persona en situación de calle, se la había llevado, pero al parecer no había alcanzado a ir muy lejos. “Alguien que estaba sentado en la sala de espera me trató de decir que él llegó y aprovechando que yo estaba dormido, cogió los guantes, se los puso y salió sentado en la silla de ruedas”, relata Wilmar.

 

A pesar de haber iniciado el recorrido desde El Carmen de Viboral con tres amigos, en el camino, debido al cansancio, fueron desistiendo, solo en Brasil permanecieron casi un mes. Desconocían el idioma y pasaban hambre, su alimentación era a base de leche y galletas, lo que sabían pedir y para lo que les alcanzaba. Se fueron separando, unos con la esperanza de regresar a casa y otros que no se querían ir sin que terminara la Copa.

 

El ‘gato’ y sus amigos aprovecharon el momento en que abrieron la puerta de La Bombonera para tomarse una fotografía. (Foto suministrada por Wilmar Arboleda).

El último partido era en Argentina, la semifinal en Brasil, pero Wilmar ya no podía continuar, su cuerpo estaba agotado y las llantas de la silla muy desgastadas. “Me quedé varado por llantas y me tocó ponerle pedazos de neumático por dentro para que no se me chuzara, muchas veces también me tocó cambiarlas del todo”. Así que decidió volver a casa después de tres meses y medio. Debido a los viajes, la silla de ruedas se deterioró mucho, así que los integrantes de la barra se la organizaron y tiempo después le regalaron una nueva.

 

 

Regresó a El Carmen de Viboral, y don Argemiro, su papá, a quien no le gustaba mucho el fútbol, se sentó a hablar con él intentando comprender la pasión que lo había ausentado por largo tiempo; conversaron sobre el deporte, equipos y futbolistas. Un mes después, Argemiro Arboleda falleció a causa de un paro cardiaco. “Yo me extrañé cuando mi papá empezó a hablarme sobre fútbol porque a él no le gustaba eso, ni él ni el resto de mi familia estuvieron de acuerdo con mis decisiones y mis viajes. Estaba muy agradecido de haber vuelto, hubiera sido muy duro haber estado fuera del país cuando él murió”, asegura.

 

Para Chile, el último país de Suramérica que conoció, también se fue solo, en la frontera estaban restringiendo el paso hacia Chile, la taquilla estaba tan alta que le tocó levantar su cabeza con esfuerzo:

Buenas ¿Qué necesita?

-Voy para Santiago a ver un partido de fútbol, dijo sacando su mejor sonrisa.

 -¿Con quién va?

-Voy solo.

Murmullos: viene solo, tiene silla de ruedas, ¿qué hacemos?, ¿lo devolvemos? –No, qué pesar, le respondió la agente de fronteras.

 “Tiene 90 días en nuestro país”, le respondieron.

 

De regreso para ir de Santiago a la frontera con Bolivia, montó por primera vez en avión porque era muy económico, el viaje tuvo un valor de 22.000 pesos chilenos, aproximadamente 100.000 pesos colombianos, por carretera valía 25.000 y tardaría casi un día competo en llegar. “Cuando iba a subir al avión sentí miedo, pero ver el paisaje me generó más confianza, cuando íbamos a aterrizar en Iquique, una ciudad costera, se veía el mar muy bonito desde la ventada del avión”, cuenta Wilmar.

 

Ya en Santa Cruz, Bolivia, preparado para ir a ver jugar a Atlético Nacional en Paraguay, el ayudante del conductor del bus le dijo antes de subir:

 -¿Con quién va?

-Voy solo.

-Yo no lo puedo llevar porque no me puedo encartar.

-¿Usted qué hace acá?

-Yo monto carga.

 

Con una expresión llena de rabia, Wilmar se tiró de la silla y se la lanzó al ayudante diciéndole: “tenga que esto es carga”. Las personas que estaban en el bus lo ayudaron a subir. Cuando iba a llegar a la frontera con Paraguay, el chofer que vio lo que había ocurrido antes, se acercó y le dijo que le prestara el pasaporte que él se lo hacía sellar, tiempo después se lo entregó con una presa de pollo, diciéndole: “vea, para el camino que todavía falta mucho”.

 

Su último viaje al exterior fue en febrero de este año para Buenos Aires, Argentina, gracias a boletas, rifas, torneos de fútbol y sancochos, logró reunir un millón y medio de pesos, nunca había llevado tanto dinero para un viaje. Allí las cámaras lo captaron mientras sus amigos lo cargaban para subirlo a la tribuna más alta. El video no solo evidenció el amor que tienen por el equipo, sino también el acceso reducido que tienen las personas con discapacidad a las tribunas populares. “Desde arriba se puede ver todo el estadio, todas las jugadas. En cambio, donde a mí me toca hacerme, se ve el estadio plano, no se alcanza a ver bien y me pierdo los goles”, comenta Wilmar. 

El ‘gato’ y sus amigos aprovecharon el momento en que abrieron la puerta de La Bombonera para tomarse una fotografía. (Foto suministrada por Wilmar Arboleda).

Es cauteloso, no usa prendas alusivas a su equipo en otros estadios, pues sabe que podría ser peligroso, solo lleva un trapo verde con las siglas CAN (Club Atlético Nacional), gracias a que lo reconocen en las tribunas. “En un estadio de Cali, cuando estaba en la zona para las personas en silla de ruedas, los pelados empezaron a preguntarme cosas y yo les hice señas de que no podía hablar, porque si me sentían el acento paisa, de pronto ponían problemas”, sostiene.

 

Gol a favor de Cali y Wilmar no reaccionó, solo agachó la cabeza. Los aficionados del Deportivo Cali sospecharon. Ni siquiera se había terminado el primer tiempo cuando Wilmar decidió salir del estadio para evitar problemas. “En la entrada para el estadio, los Policías lo tocan a uno y revisan la silla por fuera, pero nunca levantan el cojín, ahí podrían entrar algo para hacer daño, entonces a mí me da miedo”.

 

Las dificultades, las personas buenas y malas, el hambre, las incomodidades que tuvo que pasar, todo ha contribuido a su aprendizaje. “Nunca me he arrepentido de nada, antes me hace falta seguir viajando, uno a veces pasa situaciones duras, pero normal, así es la vida. En este momento tengo ganas de irme a viajar otra vez porque uno se distrae, cambia la rutina, un día estoy en una ciudad, otro día en otra”, indica Wilmar.

 

Formó su carácter e independencia, su discapacidad no fue un límite, estaba destinado para grandes hazañas, eso sí, dejando un espacio de su corazón para sus amigos: “Mi vida está partida en dos historias: antes de El Carmen de Viboral y después de El Carmen. Si no hubiera sido por Nacional aquí estuviera, o quién sabe dónde, yo a los pelados de acá los quiero mucho, yo venía con el espíritu aventurero y ellos me dieron más fuerza”.

 

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